martes, 15 de marzo de 2011

Mentime que me gusta

"No hay persona más fácil de engañar que aquella que
desea ser engañada."


La relación entre Andrea, de veinte años, y Alejandro, de
veintidós, ya no era el idilio perfecto de un año atrás. Peleas tan
estúpidas como reiteradas, celos infundados (o no) y una actitud
bastante más fría con respecto al sexo de parte de ella eran
algunas de las causas visibles del deterioro. De todas formas,
por ninguna de esas dos cabezas se cruzaba la idea de una
ruptura. (Ojo que cuando digo "ninguna de esas dos cabezas" me
refiero a las dos cabezas de Alejandro.)
—Este domingo me voy a San Pedro a visitar a mi tía —le dijo
un día Andrea a Alejandro.
San Pedro es una ciudad que queda a unos ciento veinte
kilómetros de donde ellos vivían.
A Ale no le divirtió mucho la idea y consideró que no hubiese
estado mal que su novia le propusiera acompañarla, pero
teniendo en cuenta que ese domingo su equipo de fútbol jugaba
de local y su platea lo esperaba como cada quince días, no armó
quilombo.
—Bueno, que te diviertas —se limitó a responder.
En la semana posterior a la visita a su tía las peleas se
tornaron más molestas que lo habitual. "Que siempre tenes que ir
a la cancha, que vos a mí no me tenes en cuenta, que no te
cortaste el pelo, que sos un antipático con mis amigas, que
patatín, que patatán." El viernes discutieron más fuerte por equis
motivos y el sábado no se llamaron en todo el día.
El domingo por la tarde Alejandro decidió dar el primer paso al
diálogo y llamó por teléfono a su novia. "No... Andreíta se fue a
pasar el fin de semana a la casa de la tía en San Pedro... ¿no te
dijo?"
¡La calentura que se agarró ese muchacho! ¿Cómo se le había
ocurrido irse un fin de semana sin siquiera avisarle? ¿Estamos
todos locos? Al día siguiente vuelve a ser él quien da el paso
hacia el diálogo marcando su número telefónico.
Andrea lo atendió con el mismo entusiasmo con el que
atendería a un encuestador.
—¿Te fuiste el fin de semana y ni siquiera me lo comentaste?
¿Quién te crees que sos, nena? ¿Me tomaste por estúpido vos a
mí?
—Mira, Alejandro... ahora estoy saliendo para hockey y no
tengo tiempo para tus escenitas. Si querés vení a buscarme a la
salida y hablamos.
Las explicaciones de Andrea en el viaje de regreso del club
fueron bastante convincentes:
—Sabes que tengo muchos problemas con mi vieja, a veces se
hace insoportable vivir con ella. Además, mi tía está remal
porque se está separando... y vos sabes cómo la quiero yo a mi
tía, que además es mi madrina... ella necesitaba compañía... yo
necesitaba alejarme un poco de casa...
—Sí, está bien... ¿pero no me podías avisar al menos?
—Mira, lo decidí de un momento a otro... y además, de la
manera en que me trataste la semana pasada...
Ése fue el comienzo de otra pelea que no vale la pena detallar.
El asunto es que la relación continuó esa semana entre
discusiones y calmas temporarias.
—Me voy a ver a mi tía el fin de semana —le dice Andrea el
siguiente viernes.
—¿Otra vez? —pregunta Alejandro molesto.
—Sí, otra vez. Ya te dije que mi tía está mal. Me llamó, me
preguntó si quería ir porque le hizo muy bien estar acompañada y
le dije que sí. ¿Vos acaso no vas a la cancha el domingo?
El lunes suena el teléfono de Alejandro. Era Andrea desde San
Pedro.
—Me voy a quedar diez días con mi tía.
—Ah... qué bien... bueno, mira, hace lo que quieras. ¿Sabes
qué? Quédate todo lo que se te ocurra. Eso sí, no esperes que te
vaya a estar llamando a San Pedro como un idiota.
—No me grites, escúchame, después de lo que vos me
hiciste...
—No tengo ganas de discutir otra vez con vos, Andrea... me
aburre discutir siempre, me tenes las pelotas por el suelo,
quédate los diez días y llámame cuando vuelvas.
"Click."
Alejandro cortó recaliente pero con la tranquilidad interna de
saber que había actuado correctamente, como un hombre con
orgullo, sin permitirle ver el dolor que le causaba su ausencia y
negándose a volver a hablar con ella hasta su regreso. Sin duda
eso haría que lo extrañara, que recapacitara, que tuviera miedo
de perderlo y hasta que decidiera regresar antes.
A medida que pasaban los días las ganas de Alejandro de
saber algo de su novia iban en aumento, pero bajo ningún punto
de vista iba a quebrar su promesa de no llamarla. Ella tampoco lo
haría porque era muy orgullosa, pero seguramente estaba muy
mal y muy necesitada de hablar con él.
"Y bueno... que se joda... ella se lo buscó."
El día previo al regreso Alejandro ya no aguantaba no tener
noticias de ella, por lo que decidió entrar a espiar la casilla de emails
de su novia a ver si encontraba algo que le alivianara la
ansiedad.
El único e-mail que había en su bandeja de entrada era de un
tal Sebastián y decía: "¿Por qué decís que no te quiero? ¿No
sabes acaso que te quiero mucho?".
Eso era todo.
¡La reputa madre! ¿Quién era ese tipo?
¿Qué significaba eso de "te quiero mucho"? ¿Se enganchó un
tipo en San Pedro?
No... ni en pedo... seguramente era un amigo.
O tal vez era un buitre que se la quería ganar... qué pelotudo...
"Hola, Claudia... soy Alejandro... ¿está Andrea?"
La promesa de no llamarla a San Pedro se había ido al carajo.
—Hola —dijo Andrea con voz de dormida.
—Hola... venís mañana, ¿no?
—Sí, ¿por qué? ¿Pasa algo?
—Porque quiero que me expliques quién es Sebastián y qué es
esa boludez de "te quiero mucho".
El sueño en su voz desapareció instantáneamente.
—¿Me estás revisando la casilla de e-mails? ¿Cómo entras a
la casilla?
—La casilla te la di de alta yo, estúpida. ¿Te olvidaste?
—No me insultes.
—Si no querés que te insulte decime qué carajo está pasando,
qué me estás ocultando, quién es el tipo ese...
—Para, para... vos como siempre interpretando todo para la
mierda... ya te voy a contar mañana.
—Mañana nada. Me decís ahora.
—Ale, no seas tonto. Sebastián es un amigo... es el hermano
de la vecina de adelante de mi tía...
—Claro... ¿y "te quiere mucho" el hermano de la vecina de tu
tía?
—Mira, Ale.... ahora no puedo hablar... acá hay gente. Mañana
llego y te cuento bien. No seas tonto.
—OK, pero llámame ni bien llegues.
"Bueno, al parecer todo está bien. Se trata de un amigo", se
dijo Alejandro al cortar la comunicación.
Sí... todo estaba bien salvo la taquicardia y esa sensación de
mierda de que nada estaba tan bien como él se esforzaba por
creer para no desesperarse.
Había dos opciones: creerle y quedarse tranquilo o no creerle y
volverse loco.
Eligió la primera, aunque no pudo llevar del todo a cabo la
segunda parte, porque tranquilo lo que se dice tranquilo no se
quedó. A la mañana siguiente, Andrea llegó a su casa. Llamó a
Alejandro y arreglaron para verse en la casa de él tipo seis de la
tarde.
—¿No puede ser antes? —preguntó Ale.
—No, antes no puedo —respondió ella sin mayores
explicaciones.
Andrea llegó a las 18:15 con cara de perro que volteó la olla.
Se saludaron fríamente y se encerraron en la habitación.
—Te escucho —dijo Ale.
—¿Que me escuchas qué...? —respondió Andrea en un
estúpido e infructuoso intento de hacerse la boluda.
—Dale, Andrea: Sebastián, el e-mail, el "te quiero mucho"...
Andrea respiró hondo y comenzó a hablar en un tono sereno y
de forma pausada. Algo no andaba bien.
—Sebastián es el hermano de la vecina de mi tía. Una noche
mi tía amasó unas pizzas y los invitó a comer. Mi tía hace unas
pizzas riquísimas. Tiene un horno de barro...
—Andrea...
—Bueno, resulta que salió el terna del problema que tengo con
mamá... y a Sebi le pasaba algo similar pero con el padre...
entonces nos quedamos hablando mucho esa noche...
—¿Eso cuándo fue? ¿Antes de venirte?
—No... esteeee... eso fue la vez pasada... cuando fui a pasar
el primer fin de semana.
-Ah...
El rompecabezas se iba armando.
—Y bueno... esta vez que volví hablamos mucho... y nos
hicimos bastante amigos. Es un pibe remacanudo.
—¿Y de qué hablaban tanto?
—Ya te dije, del problema que tiene él con el padre, de mi
vieja... de su ex novia... de vos...
—¿De mí? ¿Y qué tenías que hablar de mí?
—Ay, Ale... nosotros hace rato que tenemos problemas y lo
sabes. Y la verdad es que me hacía muy bien tener una visión
masculina de algunas cosas. Yo no tengo hermanos, con mi papá
no se puede hablar mucho... entonces en un amigo encontré un
apoyo.
La palabra "apoyo" le trajo imágenes feas a la cabeza, pero
decidió bloquear esos pensamientos.
—¿Entonces es un amigo?
-Sí...
-¿Seguro?
—Ya te dije que sí.
—¿Me extrañaste?
—Sí, tonto...
—¿Y no me vas a dar un beso como la gente?
Andrea se acercó y sus bocas se juntaron en lo que podría
tranquilamente enmarcarse dentro de la categoría "beso de
mierda".
—¿Qué pasa, Andrea?
—Nada...
—¿Me aseguras que con este pibe no pasó nada y que sólo
son amigos?
Silencio.
—Andrea...
—Bueno, sí... de parte mía al menos sí.
—¿Cómo de parte tuya?
—Es que él confundió un poco las cosas... y una noche
estábamos tomando algo en un boliche...
—¿Qué boliche? ¿Fuiste a bailar? ¿Fuiste a bailar con él?
—No... no fui con él, fuimos con todo un grupo de amigos.
La taquicardia había regresado. Y esta vez, al parecer, para
quedarse.
-¿Y?
—Y nada... él me dijo que sentía algo más por mí... y me
besó...
Alejandro quiso decir algo pero su cerebro no coordinó con sus
cuerdas vocales y sólo atinó a emitir un sonido corto, ahogado e
inentendible que Andrea pasó por alto.
—Pero te juro que fue sólo un beso... inmediatamente pensé
en vos.
—¿O sea que fue solamente un beso?
—Sí, sí... yo le dije que tenía novio... que a él sólo lo veía
como un amigo.
—¿Y eso cuándo fue?
—El primer sábado.
—¿El día que llegaste? ¿Y después seguiste con él todos
estos días?
—Sí... pero ya te dije. No pasó nada más, sólo como amigos.
Él me insistía pero yo le decía que tengo novio... y que mi novio
me quiere. Él me decía que también me quería, pero yo le dije
que eso no puede ser... que no puede quererme en tan poco
tiempo... por eso lo del e-mail.
—No entiendo. ¿Qué importa si él te quiere, o si yo te quiero, o
quién te quiere más? Acá lo importante es qué querés vos.
Silencio.
—Andrea, ¿a vos te importa el tipo ese?
—Sólo como amigo.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y lo del beso?
—Ya te dije... me tomó por sorpresa...
—¿Entonces fue sólo un beso y nada más?
—Sí.
—¿Me lo juras?
—Te lo juro.
Bueno... todo había sido apenas un susto. Si bien lo del beso
podría haberse evitado, no era tan grave. Cualquiera puede
tomar algún trago de más y equivocarse. Ella había tenido su
momento de confusión pero lo había superado rápidamente.
Beso, abrazo, reconciliación y a seguir adelante.
Dos meses más tarde Alejandro lloraba desconsoladamente en
la casa de su mejor amigo.
Andrea lo había dejado y se había ido a vivir con su tía a San
Pedro.
Analicemos un poco lo sucedido.
¿Andrea lo habría dejado por Sebastián de todas formas si
Alejandro hubiera tomado el toro por las astas de entrada?
Probablemente sí. Probablemente no.
Pero sin duda la aceptación por parte de Alejandro de las
inverosímiles justificaciones de Andrea le allanó a ella el camino
hacia más infidelidades y el posterior alejamiento definitivo. Era
obvio que el interés repentino de Andrea en visitar a su tía
escondía algo más que un sentimiento familiar.
El e-mail encontrado por Alejandro dejaba al descubierto un
asunto turbio.
La confesión de que había existido algo entre ella y otro tipo no
dejaba lugar a dudas. Así y todo Andrea logró engañarlo a su
regreso.
¿Cómo lo logró? Porque no hay persona más fácil de engañar
que aquella que "desea" ser engañada, y Alejandro deseaba que
ella regresara de San Pedro con una excusa convincente.
Verdadera o no. Sólo convincente.
Quería creerle. Necesitaba creerle. Deseaba profundamente
creerle.
Hoy Alejandro sigue intentando recuperar a Andrea, pero es
muy difícil que lo logre. ¿Por qué? Porque quiere seguir
pensando que Andrea se equivocó, que en realidad lo quiere a
él, que tal vez se haya ido por su tía y no por el otro, que ella
está en un momento de confusión pasajero.
Alejandro sólo ve lo que quiere ver.
Intenta por todos los medios que jamás te suceda lo mismo.
Tal vez no puedas evitar que te mientan. Pero jamás seas
cómplice de esa mentira.

lunes, 14 de marzo de 2011

Carlitos

Carlitos estaba de novio con Magdalena. Pero no eran una
pareja más. Eran "la" pareja.
Habían empezado siendo amigos.
Maggie estaba de novia con otro chico, pero la atracción mutua
que comenzaron a sentir con Carlitos hizo que luego de engañar
a su novio durante un tiempo lo dejara para dar paso a esta
nueva e intensa relación.
Ella soltó el primer "te quiero" a lo que él, luego de dudar unos
instantes, respondió "yo también".
Para Carlitos no era fácil decir "te quiero". No porque no lo
sintiera sino porque sabía que decirlo significaba mostrar todas
sus cartas, y no estaba seguro de si eso le convenía.
Vaya a saber entonces por qué cuestiones del cerebro
masculino se dio que fue Carlitos el que tiró el primer "te amo".
Los "te amo" luego pasaron a ser moneda corriente.
A veces se daba como una especie de ping pong:
—Te amo.
—Te amo.
—Te amo.
—Yo te amo más.
—No... yo te amo más.
—No... yo.
—No... yo.
Visto desde afuera era patético, pero se ve que a ellos les
encantaban esas pelotudeces.
Pasaban los meses y todo era perfecto. No tenían secretos.
Estar separados tal vez por unas cortas vacaciones era una
tortura que decidieron evitar en las vacaciones siguientes.
Ambos eran celosos, pero intentaban por todos los medios
(sobre todo Carlitos) que no hubiera ningún motivo de dudas en
su pareja.
La fecha de casamiento se fijó para un 30 de noviembre. No
sabían aún de qué año, pero qué lindo era saber que un 30 de
noviembre se iban a unir para siempre, legalmente y ante Dios.
Su primer hijo se llamaría Lucas o Valeria.
Nada superaba el placer de estar juntos. Video, helado y sexo
era para ellos el plan perfecto.
Qué digo sexo, eso era amor. Verdadero amor.
Maggie un día cambió de carrera. La abogacía no era lo suyo y
se pasó a diseño. (Sí... ya sé... pero bueno.)
La familia no estaba muy de acuerdo con la decisión, pero
Maggie contaba como siempre con el apoyo incondicional de
Carlitos.
Comenzó su nueva carrera con mucho entusiasmo. Carlitos la
esperaba todas las noches a la salida, como cuando iba a la otra
facultad.
—Charlie, no vengas mañana a buscarme. Me lleva Sonia, que
vive cerca de casa —dijo Maggie un día.
Para Carlitos no era un sacrificio ir por ella, y se lo hizo saber.
—A mí no me molesta esperarte, al contrario. No veo la hora
que llegue el momento de verte salir...
—Sabes qué pasa, amor... que a veces los chicos a la salida
de la facu van a tomar algo... y yo siempre parezco una cortada,
¿no te enojas?
—No, mi amor... cómo me voy a enojar.
Todo empezó a cambiar.
Los "te quiero" de Maggie se espaciaron. Los "te amo"
desaparecieron.
La película, el helado y el sexo quedaron resumidos a "la
película y el helado".
Todo se fue dando lentamente, casi sin que Carlitos se diera
cuenta.
Pero bueno... todas las parejas tienen momentos mejores que
otros. No había nada de qué preocuparse.
Maggie se puso algo más quejosa. Cosas que antes no le
molestaban de su novio comenzaron a perturbar la armonía de la
pareja.
—¿Otra vez con esa remera? ¿No te la penses cambiar
nunca?
—Pero está recién lavada...
—¿Sos sordo? Yo no digo que esté sucia... digo que es
aburrido verte siempre con la misma.
—¿Querés que me la saque, bombón?
—No te hagas el tonto, te estoy hablando en serio.
—Maggie, ¿de qué querés el helado?
—¿Me estás cargando? ¿Después de dos años todavía
no sabes de qué me gusta el helado? Así es como me
tenes en cuenta...
—Bueno, mi amor, perdóname.
—Sí, claro... así arreglas todo vos.
Otra vez "película y helado"... nada más.
El que llamaba siempre ahora era Carlitos. La emoción que en
otras épocas demostraba Magdalena al atender el teléfono había
desaparecido. Carlitos no se preocupaba por eso. Ella lo amaba.
Se casarían un 30 de noviembre. Sus hijos se llamarían Lucas o
Valeria...
—Necesito un tiempo —dijo Maggie con cara de sota de basto.
Carlitos levantó la mirada sin sacar la boca de la pajita del
trago sin alcohol que estaba tomando.
—No sé qué me pasa... estoy confundida... necesito tiempo
para pensar.
A Carlitos se le vino el mundo abajo. Lo que estaba viviendo
era... cómo decirlo... irreal.
Esas cosas les pasaban sólo a los demás. Maggie lo amaba.
Estaba seguro de eso. Debía tratarse de una confusión de parte
de ella.
Y era entendible. Sus padres estaban separados, el cambio de
carrera seguramente la habría afectado... y él había cometido
algunos errores: no era muy detallista, había olvidado el
cumpleaños de su suegra, no se cambiaba mucho la remera... lo
de Maggie era lógico.
Luego de tratar de convencerla por todos los medios de que
ese tiempo no era necesario, que él la apoyaría, la ayudaría y
que juntos podían enfrentar mejor los problemas, decidió
demostrarle su amor de una manera más directa: "Tomate el
tiempo que quieras. Pero sabe que yo voy a estar aquí para lo
que necesites. Y no olvides que te amo y que sin vos me muero".
—No llores, Carlitos. Por favor te lo pido, no me hagas esto
más difícil.
—Es que te amo tanto.
—Yo también te amo... sos el hombre de mi vida y sé que sos
la persona con la que me quiero casar y tener hijos. Pero ahora
necesito estar sola. Entendeme.
Esas palabras lo tranquilizaron. Se secó las lágrimas, pagó
como siempre la cuenta y la acompañó a la entrada de la
facultad. Ella lo despidió con un dulce beso compasivo en la
mejilla y entró triste y lentamente a su clase.
Pasaron dos días. Dos largos por no decir eternos días, sin
que Carlitos tuviera noticias de Maggie.
Cuarenta y ocho horas era tiempo suficiente. Él estaba
respetando el tiempo que ella le había pedido, pero ya no
aguantaba más. Esa noche la iría a buscar por sorpresa. Ella
seguramente también la estaba pasando muy mal. Se
encontrarían, hablarían y por supuesto se arreglarían. ¿Para qué
extender este sufrimiento?
Si su novia estaba confundida, él la ayudaría a desconfundirse.
Al menos tenía el consuelo de saber que ella lo amaba. Que
esta etapa era algo transitorio. Y que por supuesto no había
terceros en el medio. Eso ni pensarlo.
—¿Qué haces acá?
La frase lapidaria de Maggie aún le retumba en sus oídos.
—Hola... ¿podemos habí...?
—Perdóname... ahora no puedo. Tengo que reunirme por un
trabajo práctico.
—¿Te llamo y arreglamos para vernos y hablar?
—Carlitos... te pedí tiempo. ¿Te das cuenta de que nunca
respetas mis prioridades?
Carlitos se fue con las manos vacías. Pero no se daría por
vencido. Si él era el culpable de esta ruptura tenía que
demostrarle que podía cambiar, que la quería, que la amaba y
que ella podía confiar en él.
Un mensaje de texto en su celular que dijera "te amo más que
a mi vida" sería el puntapié inicial. Esa frase era importante para
ellos. Era una de las preferidas de ella en las épocas doradas.
"Send" y a esperar.
Al segundo día de suspenso ya era hora de intentar otra cosa.
Esperarla a la salida de su trabajo con el auto para ofrecerle
llevarla a la facultad era una idea brillante. En el camino podrían
hablar.
Y así lo hizo. Ella habló todo el camino. Pero por su celular,
vaya a saber con qué amiga.
El papel de chofer le sentó bastante bien. Al menos estuvo
cerca de ella, que recién cortó la comunicación en la esquina de
la facultad. Al detenerse el auto Carlitos sólo atinó a expresarle
nuevamente su amor y a pedirle que volviera. Sólo que esta vez
incluyó las palabras "te lo suplico".
—Por favor... no vuelvas a hacer esto. Ya te dije que necesito
estar sola. No me presiones.
Todavía tenía muchas cartas por jugar. Flores, cartas,
pasacalles...
Ella cumplía años al mes siguiente. Ese día tendría vía libre
para llamarla, por supuesto.
Además, Maggie tenía cosas de él en su casa. Unas fotos,
unos CDs... si no se las había devuelto era porque no pensaba
que la ruptura fuera definitiva. Era arriesgado dar el golpe de
efecto de pedirle las cosas. A ver si todavía ella le decía: "Cómo
no, pasa a buscarlas". Eso sería la muerte.
—No puede ser. ¿Cómo va a estar saliendo con un compañero?
Ella quería estar sola... estaba confundida. Además, me
ama. Si quisiera estar con alguien estaría conmigo —le dijo
Carlitos al imbécil de un amigo que le vino con el chisme.
El teléfono de Maggie sonó en plena madrugada.
—Me dijo Matías que estás saliendo con un compañero... Eso
no es cierto, ¿verdad?
—Carlitos... son las dos de la mañana...
—Contéstame, nada más... decime que no es cierto y me
quedo tranquilo y no te molesto más.
—Carlitos... yo no tengo que darte explicaciones de nada. Y lo
que yo haga con Marcelo no son asuntos ni tuyos ni de tu amigo.
—¿Marcelo? ¿Se llama Marcelo? ¿Y desde cuándo...?
—Tuuu tuuu tuuu tuuu.
Tal vez esta historia te resulte familiar. Posiblemente no en su
totalidad, pero es muy probable que te sientas identificado con
buena parte de ella.
Y es lógico.
En muchos párrafos pareciera que estoy relatando tu caso, ¿o
no?
¿Seré adivino?
¿Te habré estado espiando?
No. Nada de eso. Simplemente sucede que todas las mujeres
son como Maggie. Y que todos los hombres, aunque nos duela
admitirlo, somos medio Carlitos.

jueves, 24 de febrero de 2011

Para los hombres que hablan demasiado


Un hombre está en el supermercado en la cola de la caja, esperando pagar. Detrás de él se ubica una rubia
espectacular, remera corta y shorts ajustados.

La sorpresa del hombre es total cuando la chica le sonríe, y más aún cuando le dice:

- ¡Hola! ¿Cómo estás?

- ¿Nos conocemos?

- Claro; sos el padre de uno de mis chicos....

El hombre empalidece y trata de recordar las veces que le fue infiel a su esposa. Y dice:

- ¡Dios mío: vos sos una de las dos strippers de la fiesta de la oficina hace tres años, que después
terminó en una orgía y nosotros hicimos el amor sobre una mesa de pool mientras todos mis amigos miraban y
aplaudían mientras tu compañera me pegaba con un látigo en las nalgas! ¡No me digas que quedaste embarazada!

Y la chica, mirándolo fríamente a los ojos, le dice:

-
No, boludo!! Soy la maestra de jardín de tu hijo...

jueves, 25 de noviembre de 2010

Usa protector solar

Si pudiera ofrecerles solo un consejo para el futuro, seria éste: Usen protector solar. Los científicos han comprobado los beneficios a largo plazo del protector solar mientras que los consejos que les voy a dar no tienen ninguna base confiable y se basan únicamente en mi propia experiencia- He aquí mis consejos:
Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud. No me hagas caso, nunca entenderás la fuerza y belleza de tu juventud hasta que se te haya marchitado. Pero, créeme, dentro de 20 años cuando en fotos te veas a ti mismo, comprenderás, de una forma que no puedes comprender ahora, cuántas posibilidades tenías ante ti y lo guapo que eras en realidad. No estás tan gordo como imaginas.
No te preocupes por el futuro. O preocúpate sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando chicle.
Lo que sí es cierto es que los problemas que realmente tienen importancia en la vida son aquellos que nunca pasaron por tu mente, de ésos que te sorprenden a las 4 de la tarde de un martes cualquiera.
Todos los días haz algo a lo que temas. Canta.
No juegues con los sentimientos de los demás. No toleres que la gente juegue con los tuyos.
Relájate. No pierdas el tiempo sintiendo celos.
A veces se gana y a veces se pierde. La competencia es larga y, al final, sólo compites contra ti mismo.
Recuerda los elogios que recibas. Olvida los insultos (pero si consigues hacerlo, dime cómo).
Guarda tus cartas de amor. Bota los viejos extractos bancarios. Estírate.
No te sientas culpable si no sabes muy bien qué quieres de la vida.
Las personas más interesantes que he conocido no sabían qué hacer con su vida cuando tenían 22 años. Es más, algunas de las personas que conozco tampoco lo sabían a los 40.
Toma mucho calcio. Cuida tus rodillas sentirás la falta que te hacen cuando te fallen.
Quizás te cases, quizá no. Quizás tengas hijos, quizá no. Quizás te divorcies a los 40, quizá no.
Quizás bailes el vals en tu 75 aniversario de bodas. Hagas lo que hagas no te enorgullezcas ni te critiques demasiado. Siempre optarás por una cosa u otra, como todos los demás.
Disfruta de tu cuerpo. Aprovéchalo de todas las formas que puedas. No le tengas miedo ni te preocupes de lo que piensen los demás porque es el mejor instrumento que jamás tendrás.
Baila. Aunque tengas que hacerlo en el salón de tu casa.
Lee las instrucciones aunque no las sigas. No leas revistas de belleza pues para lo único que sirven es para hacerte sentir feo.
Aprende a entender a tus padres. Será tarde cuando ellos ya no estén. Llévate bien con tus hermanos, son el mejor vínculo con tu pasado y probablemente serán ellos los que te acompañarán en el futuro.
Entiende que los amigos vienen y se van, pero hay un puñado de ellos que debes conservar con mucho cariño. Esfuérzate en no desvincularte de algunos lugares y costumbres, porque cuanto más pase el tiempo, más necesitarás a las personas que conociste cuando eras joven.
Vive en una ciudad alguna vez, pero múdate antes de que te endurezcas. Vive en el campo alguna vez, pero múdate antes de que te ablandes. Viaja.
Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán, y tú también te envejecerás... y cuando seas viejo añorarás los tiempos cuando eras joven. Los precios eran razonables, los políticos eran honestos y los niños respetaban a los mayores.
Respeta a los mayores. No esperes que nadie te mantenga, pues tal vez recibas una herencia, tal vez te cases con alguien rico... pero nunca sabrás cuánto durará. No te hagas demasiadas cosas en el pelo, porque cuando tengas 40 años parecerá el de alguien de 85.
Sé cauto con los consejos que recibes y ten paciencia con quienes te los dan. Los consejos son una forma de nostalgia. Dar consejos es una forma de sacar el pasado de la caneca de la basura, limpiarlo, ocultar las partes feas y reciclarlo, dándole más valor del que tiene.
Pero hazme caso en lo del protector solar.
Hermano y hermana, juntos lo lograremos. Algún día un espíritu vendrá y te llevará hasta el final. Yo sé que te han hecho daño, pero yo estaré ahí esperándote... y estaré ahí solo para ayudarte cada vez que pueda hacerlo. ¡Todos somos libres!


Mary Theresa Schmich

martes, 10 de agosto de 2010

De chilena

Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al volver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cruce inquisitivo de sus ojos.

Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes están habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.

Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo. Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera.

A la tarde. la familia en pleno ganó tu habitación v desplegó un aquelarre lastimoso. Todos daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse, como si que dándose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en esa modorra quieta que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al baño del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo, pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta, José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y les evité el mal trago.

Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio.
Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz descanses. Era cosa de que si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.
Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando, estirando el brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome.

Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos sucesivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, el puntilloso pésame velado de los especialistas.
Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después, cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empecé a levantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para dejarte descánsar, queriendo convencerme de que te habías dormido.

Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbás de nuevo á la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello. haciendo un guiñapo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, corno buscando que lo que ibas á decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas. Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentirá cómo uno, á veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuándo me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, también era casi de noche. Y también yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme á mí».

Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuándo uno nace, ya están anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, si nació en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de escapar á la disyuntiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta.
Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañas ordinarias, estábamos á un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contrario iba á estar dispuesto á amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta.

Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos á cumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado para el partido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magro décimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada.
Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines rápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta á su propia madre, en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el área con pelota dominada. Para colmo, de árbitro lo mandaron al negro Pérez, un cabo de la Federal que partía de la base de que todos éramos delincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario. Un árbitro tan mal predispuesto á dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que podía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. También nosotros éramos argentinos: y darles la vuelta olímpica en las narices, y en cancha de ellos, iba a ser por completo inolvidable.

El partido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez minutos el tipo ya había hecho méritos suficientes como para ir preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habrán dolido esos quince minutos, porque después entraron poco, y prefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvorín, y había como doscientos voluntarios listos para encender la mecha. La cancha tenía una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto del perímetro, bien pegados al alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al pibe jugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyeran con claridad, les gritaba las gracias porque las fotos le servían para el insectario que estaba armando.

El partido fue pasando como si los segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto y preguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pe gado al alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área. Sacamos del medio y Pérez nos mandó al vestuario. La hinchada del Estudiantil era una fiesta, y yo tenía unas ganas de llorar que me moría.

Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito que teníamos. Pero en todo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras imbécil. Las pocas pelotas que habías conseguido, o te habían rebotado o se las habías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con él, aunque fuera, como cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con cara de estúpido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases espantosos, cortando el juego con fules innecesarios.

En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cámara y nos improvisó una charla técnica de emergencia. La verdad es que habló bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya sabíamos: si perdíamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que ni aportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razón por las fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguías ahí, sentado en un banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces te incorporaste. No sé si fue el miedo o una inspiración mística y repentina, pero de pronto me vi casi llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no arrugaras, que te necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te impresioné con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan tímido), porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono ya era el tuyo.

El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le metiéramos pata, que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas y las distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases profundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (que encima andaba inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la sensación de catástrofe inminente.

No andaba mal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron mal parados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el back sobreviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del área la abrió a la izquierda para el once. Montanaro se fue con él y lo atoró unos segundos, pero el otro logró sacar el centro que le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve más remedio que salir a achicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre sucumbe a su propia pequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro. Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de grande, el sueño de ser él quien nos enterrase definitivamente en el oprobio. Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumbó como un hachazo.

Pérez cobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso, pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asunto concluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sueño hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya el grito feroz que iban a proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de Don Alberto en medio de los rostros entristecidos. ,Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como una sentencia inquebrantable. Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco. ¿Cómo dar vuelta semejante cosa?
Me fui a parar a la línea como quien se dirige al cadalso. Lo único que quería ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energúmenos borrachos en la arrogancia de la victoria.
Y entonces caíste vos. Nunca supe qué habías estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron sólo segundos, que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier to es que cuando levanté la cabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas: «¡Reaccioná, carajo, reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva de bronca y de rencor y de determinación y de certeza. La misma que pusiste ayer en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos, como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los consejos de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado del cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos lo atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás, hermanito. Yo te juro que lo empato».

Me encontré diciéndote que sí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo.
Cumplí todos los ritos que debe cumplir un arquero en esos casos límite. Iba a patearlo Genaro, el dos de ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos chumbazos impresionantes. Me acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que estaba adelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casi delicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genaro le dejé la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo por el estilo. Volvió a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dejé mi lugar en la línea del arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y asegurándome de estar de espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo bien cargado, que deposité veloz sobre uno de los gajos negros del balón. Genaro, francamente ofuscado, volvió hasta la pelota, la restregó contra el pasto, y me denunció reiteradas veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con ademanes grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mi hermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la vergüenza, pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a dejar de afilar con su novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a la línea del arco con un gesto que va no admitía dilaciones.

En ese momento empezó a rodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien erguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar se, y la pelota solía salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la pelota en la punta de mis guantes: era tal la violencia que traía que no iba a poder evitar que me venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido cambiarle la trayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló en el travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de la línea. Me incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. Pérez cobró el tiro libre y me gritó: «Juegue».

No me detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Me incorporé como pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de marca: ellos volvían desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía que aplazar el grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó un centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla al córner.

Era la última. Pérez ya miraba de reojo su muñeca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lo mío era un acto simbólico. Si me hubiese caído a mí hubiera sido incapaz de cabecear con puntería. Al arco me defendía, pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero esta vez le salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área. Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro, la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuando te llegó a vos, supongo que debía ser poco más que una sombra sibilante.

Parece mentira cómo todos estos años lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Por que fue justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagro concluyó su ciclo legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, después la derecha, la chilena lanzada en el vacío, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torciendo la historia para siempre, viajando y silbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas incrédulas, sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en la certidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contra una red vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de energía para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegría, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordo Nápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y los gestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de los gargajos.

Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me hiciste retroceder veinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz de torcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que arribos estábamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a preocuparse. Y yo te hice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé tranquilo.

La noche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando de sueño pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron al quirófano me fui hasta la cafetería a tomar un café con leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita. Lógicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pensé que con el batuque que debía tener ahora en el balero me iba a sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco les dije nada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vez improvisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar las horas, a consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos de resignación y de entereza.

Ni siquiera dije nada cuando salió Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a Anita del brazo y ella lo escuchó llorando pero maravillada, agradecida, in crédula, ni cuando él habló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo engominado, ni cuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando empezaron a oírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas buscando otras risas cómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios.

Ahí tampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída, todavía tensa y desconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo también, en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la vuelta olímpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.


Eduardo Sacheri

jueves, 5 de agosto de 2010

Valla Invicta

Rómulo Lisandro Benítez: un nombre que dicho fuera de mi pueblo tal vez no signifique nada. Pero en mis pagos esas tres palabras tienen una resonancia casi mágica. Los ancianos, al oírlas, asienten silenciosa y repetidamente, con los ojos perdidos en la nebulosa del tiempo. Los chicos adoptan el aire artificioso y solemne que suponen adecuado para las ocasiones sublimes, como cuando suenan las estrofas del Himno, o se iza la bandera. Basta mencionar ese nombre en cualquier reunión para que los presentes se lancen a una competencia desenfrenada por demostrar que cada cual es casi un amigo íntimo del héroe. Todo detalle intrascendente vale en esas ocasiones. Desde haber sido vecinos en la infancia, hasta estar casado con una prima segunda de su mujer, pasando por haber compartido la fiesta de casamiento de un ignoto conocido en común, o haber enviado a los chicos al mismo colegio en el que estudiaron los suyos.
El lector podrá preguntarse el motivo de semejante orgullo. La causa es sencilla. Rómulo Lisandro Benítez es, según nuestras estadísticas, nada menos que el arquero que posee el récord mundial de valla invicta en partidos oficiales.
Cualquiera de nuestros niños puede recitar la cifra pasmosa: tres mil ciento veintidós minutos sin recibir tantos en contra, defendiendo la valla del Atlético Fútbol Club. En la confitería del club, en el atrio de la iglesia, en el salón de actos de la delegación municipal, perduran al amparo de los siglos tres idénticas placas de bronce que celebran la memoria del evento. En grandes letras se lee: «A RÓMULO LISANDRO BENÍTEZ, SU PUEBLO AGRADECIDO». Inmediatamente debajo, la cifra de su récord, en números y en letras. Por último, la fecha inolvidable: 4 de diciembre de 1942.
Ahora que ya voy ingresando en los vericuetos de la vejez, de vez en cuando se me da por acordarme de cómo fueron las cosas. Y cuanto más me las acuerdo, más increíble me parece el modo en que Rómulo cruzó el umbral de la historia. La peculiar concatenación de circunstancias, azares, confabulaciones y mentiras que lo fueron poniendo de cara a la posteridad. Esto que voy a relatar quedará escrito aquí, en mi estudio, entre tantos y tantos papeles inútiles. Jamás osaría darlo a publicidad, Dios me libre y guarde. En mi pueblo sería tomado por una traición insoslayable, que terminaría pesando con un manto de oprobio sobre mi descendencia. Se me acusaría de mentiroso, de artero, de dañino, de envidioso. Se diría que me he vendido, que he sido corrompido para mancillar los lauros indelebles de mi raza. Por eso le pido a aquel de mis hijos que luego de mi muerte emprenda la tórrida tarea de revisar mis escritos que, por amor a su padre, tenga la prudencia de mantener éste en secreto, o al menos cambie a su antojo las fechas, los nombres, los lugares.
Lo primero que debe ser dicho es que hay un fondo de verdad en el mito de Rómulo. Es absolutamente cierto que el arco del Atlético Fútbol Club permaneció invicto durante tres mil ciento veintidós minutos, más o menos. Y digo más o menos porque de entrada nadie supuso que había que empezar a contar los minutos, de modo que ninguno supo nunca a ciencia cierta cuánto duraron los primeros quince o dieciséis partidos. El Atlético jugaba en un torneo regional de diez equipos, con partidos de ida y vuelta. Todos ellos eran endemoniadamente pésimos, y la única excepción –el Club Esperanza, de la cabecera del municipio– había ascendido tras el campeonato 1940.
En 1941 nuestro team consiguió el título sin derrotas y, por añadidura, sin recibir goles en contra. En el júbilo del campeonato obtenido nadie se detuvo demasiado a considerar que se habían jugado unos mil seiscientos veinte minutos sin tantos del adversario. Se lo mencionó como un dato más entre otros que hablaban de nuestra superioridad manifiesta. Pero fue entonces cuando desde la capital llegó la noticia de que el gobernador había suspendido los descensos en el torneo provincial «por única vez y como medida de excepción» y con el objeto de «evitar males mayores». Los males mayores eran que descendiese al torneo local el Esperanza, el club del pueblo del que era oriundo, precisamente, el citado gobernador. De modo que en 1941 no hubo descensos, pero tampoco ascensos.
La desolación hizo presa de nuestras gentes. La rabia y el dolor se mezclaron con fuerza explosiva, y hasta el jefe de policía debió intervenir en persona para disuadir a los miembros de una logia secreta que planeaba el magnicidio del insolente mandatario provincial.
Fue entonces cuando algún iluminado, en medio de la desolación y el tormento, llamó la atención sobre el récord incipiente de nuestro guardavalla. En aquellos años, cuando no había pasado más de una década desde la creación de una liga profesional en el país, la estadística no interesaba demasiado. Pero mi compinche Lito Gutiérrez, que hacía por entonces sus primeras armas en un diario de Buenos Aires, demostrando una ejemplar capacidad de anticipación a los tiempos futuros, insistió en que había que machacar con la consumación de un récord histórico. En arengas memorables porfió que la marca de «valla invicta», como la denominó desde entonces, sería un galardón indeleble que los otros clubes argentinos envidiarían por los siglos de los siglos.
Convocado por nuestros prohombres más esclarecidos –el párroco, el delegado municipal, el comisario, el presidente del club, el dueño de la acopiadora y el de la tienda– Lito consideró que los mil seiscientos minutos acumulados eran una marca notable. Y añadió que si el club podía doblar esa cantidad, mediante otra performance similar en 1942, era asunto liquidado. En un panorama de creciente emparejamiento de las potencias futbolísticas de unos y otros (y en este diagnóstico mi amigo del alma era casi profético), el Atlético Fútbol Club de Loma Baja se pondría a salvo de cualquier impugnación futura.
Rápidos cálculos hicieron pensar que otra ronda similar, teniendo enfrente a una manga semejante de matungos como los que abundaban en el regional, no era cosa de otro mundo. En la tranquilidad de estar sembrando para futuras abundancias, mi pueblo durmió dulcemente el sopor del verano.
No obstante, al llegar marzo se planteó el problema del arquero. Esta es la primera de las trampas hechas a la historia. Rómulo no fue el arquero durante todo el tiempo de la racha. De hecho, durante 1941 ni siquiera integró el banco de los suplentes. El guardameta era Diego Pórtela, un hijo de portugueses calladito y ágil que a principios del 42 se cayó de la moto y se lastimó una rodilla. No lo sabía, pero el porrazo le costaría que las puertas de la inmortalidad se le cerrasen en las narices. Tres meses de yeso, varios más de rehabilitación, asunto terminado. Podrá el lector sospechar que entonces sí apareció en escena nuestro prócer. Pero no, aún no.
El arco fue ocupado por Ernesto «Tito» Lorenzo, cuyas proezas en el fútbol sobre pista lo condujeron casi en andas a la titularidad. Ahí sí, al menos, Rómulo Benítez accedió al banco de suplentes. Lorenzo tuvo poco trabajo en los catorce partidos que debió jugar, pero cuando lo exigieron respondió con suficiencia. No obstante, en su camino (y en el de nuestro sino glorioso) se interpusieron problemas de índole bien disímil. En los carnavales conoció a la hija menor de los Pastuzzi, los de la ferretería. En abril empezaron a afilar casi en secreto, ya que don Pastuzzi se negaba de plano a casar a su niña con un nada próspero ayudante de gomero. El temperamental italiano era insensible, por lo visto, a la fastuosidad de ganar un yerno estadísticamente irreprochable. De modo que en septiembre, con cuatro partidos por delante, Ernesto Lorenzo y su furtiva prometida huyeron del pueblo con el firme propósito de casarse lejos de allí, y dejar que el tiempo ablandase los resquemores del belicoso ferretero.
Ni las redadas del comisario (más interesado en volver a colocar a Lorenzo bajo los tres palos que en castigar el ultraje) ni las que encabezó el propio Pastuzzi (firmemente decidido a ultimar a escopetazos al insolente) dieron resultado alguno.
La feliz pareja habría de volver al pueblo sólo cuatro años después, con dos hermosos hijos a bordo de un Ford destartalado. Enternecido, Pastuzzi acabaría perdonándolos, y ascendiendo a Ernesto «Tito» Lorenzo al preciado rango de habilitado en la ferretería. Lo cierto es que con su huida Lorenzo había ganado la felicidad doméstica, pero había dado la espalda para siempre a la oportunidad única de vivir eternamente en el recuerdo de sus coterráneos.
Entonces sí, por fin, llegó la oportunidad de Rómulo Lisandro Benítez. La foto futbolera más antigua que de él se conserva –la única, por otra parte– lo inmortaliza con una gorra echada sobre los ojos, un buzo estrecho, los pantalones cortos y anchos, las medias bajas, el balón oscuro bajo el brazo. La pinta esperable del arquero nato. La mirada confiada, el gesto firme, la apostura segura. De nuevo aquí el tiempo ha torcido las cosas. En septiembre de 1942 Rómulo era un yuyo mal germinado: las espaldas estrechas, el rostro enjuto, las patas chuecas, el espanto de la responsabilidad dibujado en su cara de pibe. Cuando se plantó bajo los tres palos, en su debut, parecía una mosca posada en un mar de leche: el arco le quedaba inmenso, le sobraba por todos lados. La famosa fotografía, de hecho, la tomarían recién el día de su consagración definitiva como recordman inalcanzable, cuando la historia ya estuviese borrada y escrita de nuevo, e hiciera falta un Rómulo gallardo y arrogante, capaz de atajarle pelotazos al destino mismo.
Por suerte o por desgracia, los defensores del Atlético eran una mezcla inestable de virtuosos futbolistas y feroces carniceros. Ellos, los verdaderos héroes anónimos de la saga legendaria, hacían su trabajo con la parsimonia natural de los de su oficio, al cobijo de una lógica de hierro: si pasa el hombre, no pasa el balón; si pasa el balón, no pasa el hombre. A otra cosa. Tal vez árbitros más solícitos para con las estipulaciones reglamentarias hubiesen diezmado nuestras filas. Pero los dirigentes del Atlético sabían hacerse entender: ¿quién sería capaz de echar a perder semejante fiesta popular? De modo que en los dos primeros partidos ni se le acercaron al área. Rómulo tocó dos veces la pelota, y fue para sacar del arco.
Pero allí no terminaron las complicaciones. Lito vino desde la capital con la terrible novedad de que le habían dicho que en España había un equipo de segunda división con un «récord conjunto» de más de tres mil quinientos minutos. No era una versión confirmada, pero de todos modos sembró el pánico. ¿Cuánto podía aguantar el alfeñique ese que se las daba de arquero? A duras penas pasaría el resto del campeonato. Pero... ¿y el año siguiente, en el provincial? En la reunión de comisión directiva al párroco se le ocurrió preguntar qué quería decir eso de «récord conjunto», concepto que hasta entonces se había repetido hasta el hartazgo en boca de los apesadumbrados coterráneos sin entender muy bien su significado. Lito aclaró que se trataba de un récord por equipo, que incluía cambios sucesivos –tres o cuatro, creía–en el puesto de arquero titular.
Fue entonces cuando se decidió torcer la historia. Rómulo Lisandro Benítez fue titularizado desde el antepenúltimo partido de la campaña de 1940. Portela y Lorenzo fueron sepultados en la negritud del silencio eterno. Se enmendaron planillas, se adornaron veedores, se injertaron crónicas de atajadas memorables en las reseñas deportivas de los diarios de los lunes. Lito, mi amigo del alma, se desentendió del asunto para siempre, asqueado de la voluptuosa hipocresía de los nuestros. Desde entonces se desahogó conmigo, refiriéndome los pormenores del engaño tal como aquí los vuelco.
En medio del torbellino, Rómulo Lisandro Benítez se dejaba llevar sin resistencias por la senda de la gloria prometida. Mejoró su vestimenta, se hizo pulir a dentadura, compró una motoneta. El codo de los tres mil cien minutos se dobló sin estridencias en noviembre, con el título asegurado, y con dos partidos pendientes.
En la penúltima fecha Rómulo debió embolsar un cabezazo. Fue un centro intrascendente, mal conectado por un centroforward carente de convicciones. El recordman dio dos pasos y abrigó el balón en su pecho. Yo estaba en la tribuna, y aún hoy recuerdo el quejido de alivio que, como una brisa súbita, recorrió a la concurrencia. Después del match Rómulo aseguró que pensaba retirarse al finalizar
la temporada. Era entendible: le habían prometido un puesto en la delegación municipal, mucho mejor remunerado que su antigua y sacrificada profesión de cadete en la tienda Los Constituyentes. En aquel entonces no comprendí muy bien los motivos que llevaron a nuestros prohombres a proponerle tan veloz retiro. Fue Lito, por supuesto, quien me sacó de mi ignorancia. Cuanto más durase el tole tole, me dijo, más chances había de que saltara la liebre. De modo que una vez sellado el récord, lo más aconsejable era fijarlo para siempre en el bronce y salvarlo así de futuras impugnaciones.
La última fecha del campeonato fue inolvidable. Éramos locales ante el Sport Cañada y ellos, que estaban al tanto de nuestro milagro doméstico, vinieron dispuestos a cortar la racha. El cálculo era sencillo. Nuestro pueblo entraba en la historia, pero el de ellos también, como la cuna de los comehombres que habían puesto fin a tanta hazaña. Decididos a penetrar en el bronce aunque fuese a los codazos, los energúmenos suplían con tesón lo que les faltaba de condiciones, y si no llegaban a posiciones de peligro se debía a la peculiar combinación de energía en la marca y comprensión en el arbitraje que tan buenos resultados nos había deparado en esas dos temporadas.
Pese a todos los recaudos, a dos minutos del final se escapó el win izquierdo.
Era un gurí chiquito, veloz, entrometido, que dejó pagando sucesivamente a los dos centrales y encaró al desprevenido Rómulo, que para entonces ya estaba pensando en cómo sería la vida detrás de la gloria. El pibe lo midió, esperando que saliese a achicar, pero Rómulo al verlo quedó estático sobre la línea de cal. Nadie le había dicho que podía ocurrir semejante percance, y ese chiquitín era, a juzgar por el rojo gastado de la camiseta, un contrario, el primero que pisaba su área con posibilidades ciertas de mandarla a guardar.
Rómulo intento pensar rápido, pero ni aún la promesa de la fama podía ponerlo a salvo de sí mismo. Era un paquete. No había caso. Jugaba al arco porque con las piernas era aún más torpe que con las manos. Hubiera querido echarse a llorar, pero no había tiempo ni para eso. El win lo medía con delectación, listo para sacudirlo. Rómulo avanzó un par de pasos, tropezando, con los brazos en alto, contra toda la ortodoxia escrita a lo largo de las centurias para el buen arte del golero, y se quedó de nuevo tieso y con cara de bobo.
El delantero sacó el zapatazo al palo izquierdo. Rómulo se lanzó tras el balón, más persuadido por la fuerza del deber que por el consejo de su intuición. Llegó tarde, por supuesto. Cuando aterrizó, sus manos se cerraron sobre la nube de polvo dejada por la pelota. En la tribuna muchos cerraron los ojos. Yo los mantuve abiertos. Y vi con ellos cómo la bola pegaba en la base del poste y volvía a la cancha. Cualquier arquero mediocre hubiese seguido la trayectoria del balón con la cabeza vuelta hacia el arco, aún desde el suelo, y lo habría atrapado en su camino de retorno. Pero Rómulo no sabía ni hacia dónde quedaba su propio arco, de modo que permaneció tirado en el área chica, con los ojos apretados y la boca abierta. Al instante siguiente la pelota le pegaba en la nuca y volvía hacia la valla, dispuesta a enmendar el aparente error de la Providencia. En medio de una tribuna aterrada, contemplé el instante histórico en el que el balón detenía su marcha sobre la propia línea de cal bajo los tres palos, y ahí quedaba mansito.
El win, sin poder creer su mala suerte, emprendió veloz carrera desde el punto penal para terminar con el suplicio de una vez por todas. Si en primera instancia Rómulo desconocía para qué lado quedaba su arco, a esta altura ignoraba para qué lado quedaba el mundo. En medio del pánico, atinó a advertir que lo que tenía debajo era el piso, y que debía ponerse de pie cuanto antes, como para orientarse mínimamente. Con la fanática esperanza de que, si se apuraba, todo volvería a estar en orden, dio un brinco rápido y quedó de espaldas a la cancha, de cara a la red de su propio arco. Después diría que todo fue premeditado. Pero yo puedo jurar que fue pura chiripa. Aún conservo recortes de La Verdad en los que afirma que vio el balón sobre la línea y que, advirtiendo la carrera del win por el rabillo del ojo izquierdo, se lanzó en palomita para atesorar la pelota antes de que el delantero lo sobrepasara. Todo eso es mentira. Simplemente sucedió que Rómulo se puso de pie en el instante mismo en que su adversario se disponía a saltar por sobre su cuerpo para abreviar camino. De modo que cuando el otro se levantó, el delantero se lo llevó puesto en velocidad, y ambos rodaron hacia el arco.
Ni aún entonces Rómulo tomó cabal conciencia de lo que estaba pasando. Tal vez pensase que se trataba de un castigo celestial por participar en la impostura, por el cual se lo condenaba a vivir el resto de su vida en medio una tormenta de polvo. O quizá intuyó erróneamente que el delantero era parte de la conjura, y que simplemente porfiaba con el gol por un exceso de celo en guardar las apariencias.
Lo cierto es que la pelota la terminó sacando el gordo García, uno de los famosos backs sanguinarios, que para cumplir su cometido tuvo que meterse dentro del arco y despejar desde allí, tan sobre la línea había quedado la pelota. Ahí terminó todo.
El arbitro, asustado tal vez por el imprevisto cariz que habían tomado los acontecimientos, pitó tres veces y concluyó el asunto. Rómulo fue subido en andas, y paseado en torno de la cancha por una multitud fervorosa que coreaba su nombre y festejaba el ingreso definitivo del pueblo en la historia del fútbol moderno.
Nuestros dirigentes se regocijaron al comprobar el modo en el que habían conducido el asunto: el gobernador había vuelto ese año a suspender los descensos, con lo que ellos, sabiamente, habían sabido trocar una nueva frustración en una hazaña inolvidable.
Recuerdo todo aquello con la precisión con la que atesoramos las cosas de la juventud. Pero entre todas las imágenes que puedo evocar se destaca por sobre todas las demás la de las primeras palabras que escuché de boca de Rómulo una vez consumada la fábula. Era casi de noche. Recuerdo unas grandes nubes encendidas de fuego sobre la inmensidad del horizonte. Entramos al campo de juego con Lito, quien, libreta en mano, se disponía a realizar el reportaje de rigor a regañadientes. El héroe, con la cara aún pintada de polvo, estrechaba algunas manos, posaba para las últimas fotos, esas que con los años se han constituido en la prueba indiscutible del milagro consumado, y en las cuales Rómulo sonríe a la cámara desde el promontorio de la gloria.
Lito avanzó hacia él y yo lo seguí. Ellos se conocían desde tiempo antes, a través de una o dos amistades comunes. Se saludaron, y Lito, con naturalidad, intentó iniciar la charla medio en broma, como le habían enseñado en la redacción de la capital en la que hacía sus primeras armas. «Qué suerte esa salvada sobre el final, ¿no, Rómulo?», dijo.
El otro lo observó con una mirada extraña. Era una mezcla de sorpresa, de profunda perplejidad, de cierta conmiseración. Terminó por sonreír compasivamente. Sacudió la cabeza, carraspeó un par de veces y escupió a un costado, como meditando una respuesta. Al final nos miró a ambos y luego levantó los ojos más allá de nosotros, hacia el campo de juego que empezaba a sumirse en las tinieblas.
«La pucha», empezó, y volvió a sacudir la cabeza. «Al saber lo llaman suerte», concluyó. Después nos dio la espalda, y nos olvidó para siempre. La última imagen que me viene a la memoria es la de Rómulo Lisandro Benítez, con la gorra estrujada en la mano derecha, la ropa sucia y el paso confiado, alejándose de nosotros, perdiéndose en las sombras de la noche junto al banderín del córner,escalando sin prisa los peldaños de la eternidad.

Eduardo Sacheri